miércoles, 22 de noviembre de 2017

PODEROSO CABALLLERO

Pocos países hay donde las mujeres reciben el mismo ingreso que los hombres por el mismo trabajo que realizan o que deben aceptar algún desmán por necesidades de trabajo. 
Por experiencia propia,  puedo comentar que en una ocasión en que trabajaba en el Consejo Nacional para la Ciencia y la Tecnología, donde publiqué varios artículos y un libro sobre los 10 años del propio Consejo, me percaté tarde -porque no lo iba preguntando- que mi secretaria ganaba más que yo. 
Fue hasta entonces que me enfrenté al administrador para preguntar sobre mi caso y su contestación fue indignante: "Pensé que tenías dinero y no lo necesitabas", me contestó.
Fuera o no el caso, que por cierto no era, el hecho es abominable y, por supuesto, no sólo tuvo repercusiones en mi forma de vivir en aquel momento sino hasta en mi jubilación. 
Aquel fue un caso extremo y sumamente idiota tanto de mi parte, por no enterarme hasta tarde, como la del ´caballero´ que hizo el comentario y lo llevo a cabo, pero el hecho es que las mujeres siguen dependiendo de esos poderosos caballeros que son generalmente son sus jefes y abusan de una u otra forma de su poder -valga la redundancia- sobre ellas.
Otra monada que me pasó ya al final de mi carrera burocrática, fue que en el entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA) recibí una carta de la Secretaría de Educación Pública (SEP) diciéndome que no tenía derecho al puesto porque era economista. Ello cuando la Presidenta había sido intérprete. 
No entendí nada, pero el sueldo me lo bajaron.
Recuerdo también que en aquellos tiempos, un buen amigo que había ascendido a Director de Pemex, nos contaba extrañado que había un exceso de empleados en su oficina: lo único que hacía uno de ellos era llevarle un jugo a su llegada y otro el café. ¿Y las mujeres?, pregunté con la inocencia que entonces me aquejaba. "Esas trabajan por cuerpomático", me contestó.
Hoy, en Estados Unidos de Norte America, el escándalo sobre el abuso sexual de un día eleva a la enésima potencia al del día anterior.
Habría que empezar, digo yo, por el ciudadano presidente de ese país que ventiló y se jactó durante su campaña sobre su poder sobre las mujeres (en Rusia le acomodaron a 5 en su recámara) y hasta su hija habló sobre sus actitudes durante su periplo por Miss Universo. 
Entre los hombres de los medios y el cine la lista es interminable. 
Algunos duelen, pues un buen analista política como Mark Halperin se ha visto involucrado en este escándalo y Charlie Rose, para mí y muchos, el mejor entrevistador de la televisión estadounidense, resulta que está en lo mismo. A ambos los han despedido de los programas donde han aparecido durante años. 
En la política no digamos. Ahora, resulta que un republicano deleznable a quien incluso corrían de los centros comerciales por andar detrás de las quinceañeras, puede ganar un puesto en el senado porque puede ser beneficioso para las propuesta de ley de impuestos en favor de los ricos del Sr Trump. 
Viejos y no tan viejos demócratas y republicanos deben ser puros (o evangélicos como el vicepresidente). 
¿Y la denuncia? La vergüenza hace que las mujeres no denuncien, no mencionen. Ahora una mujer que pasó por el problema hace 40 años se atreve. ¿Quién la sigue?

Allá ustedes cómo lo vean, pero es obvio que el abuso viene porque las mujeres tenemos derecho al empleo sin tener que someternos a ningún tipo de tropelía. Y porque las mujeres por el mismo trabajo debemos recibir el mismo sueldo. Si no, preguntemos al gabinete de hombres blancos del presidente Trump.

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